Las formas del agua como memoria, en Agua y Manto de Cristina Bravo Montecinos
Por Clara Quero F.
Las palabras, conversaciones y escritura de Cristina están situadas o llegan muchas veces, en su tránsito al sur de Chile, específicamente a Valdivia y a todos los cauces que podamos encontrar ahí, inclusive al terremoto que vivió la ciudad y que se instala como parte de su registro colectivo y que se reconoce aún en la madera de sus casas.
Como diría en su libro Cieno del 2021:
El agua rodeando todo
Y también
siempre queda el mar de fondo
Su registro visual se traspasa a su trayectoria poética que pone en evidencia la importancia del territorio y su cuidado como agente de memoria, ejercicio importante, especialmente hoy que nos encontramos en un momento social y político devastador que busca negar la relevancia de las geografías, aguas y humedales que son raíz de la ecología y de la remembranza de sus habitantes.
Agua y Manto crece en el jardín de la madre de la autora y se transforma en “Manto el agua que contiene la herida” (p. 43) y que da fruto a quien escribe y a quien habla en la prosa poética como voz que fluye en las formas de los ríos, las corrientes, lagos, lluvias y charcos que nos ceden la humedad del texto.
Este fluir rodea la ciudad: Riñinahue, las Ánimas, Collico, Rocura, Lemuy, Maullín, Angachilla, Mancera, Pishuinco y los ríos Katrico y el Calle Calle, vienen a trazar un mapa de la experiencia, la escritura, sus caminatas y la corriente en los versos detienen sus pasos en la casa de la abuela, memoria trascendente en su obra. En Vaivén, plaquette editada por Traza Editora, la “Abuela organizó marejadas” y para la hablante ella también “Es el agua en la artesa que lavó tus calzones y tus grandes sostenes goteando en la pita curvada de la ropa, recuerdo los huecos de tus hombros bajo el peso de tu masa mamaria, de piel oscura, de pezón negro y tus ojos rasgados aliñando el causeo” (p. 16) dirá en Agua y Manto.
El paladar se une al fluir del texto, los frutos del mar son parte del festín de sabores que se cocinan en la obra: mariscos, ciruelas de infancia, sopaipillas y nalcas encienden la sazón del poemario y su aroma: “El agua pude ser también un gran kuranto” (p. 11)
¿Qué lenguas se hablan en este paisaje poético? ¿qué cuenta o canta el agua? El poemario nos propone una relación estrecha entre naturaleza y voz poética, el sonido de las aves circula en todo el texto, gaviotas, treiles, wairavos, tencas, cormoranes, pelícanos, garzas, tiuques y siete colores actúan como símbolo de supervivencia y defensa del territorio, son voz, además, de un dialecto que nos muestra desde la poesía un estado de equilibrio entre fauna y transitar humano.
El agua nos indica el paso del tiempo, es el símbolo del deseo y de la identidad. Las guardas del libro muestran una pintura de trazos azules, verdes, cafés de Him Rivera, artista valdiviano, cuya obra parece sostener un dialogo con el poemario, quizás como representación continua del cielo y el agua del sur que anida. Se suma el trabajo de diseño y edición de la Editorial Hojas Rudas que transforma el texto en un artículo de tacto y visualidad distinto al libro tradicional.
El manto líquido, hilo conductor y elemento cotidiano, abre las agallas de una historia longeva como el cuero que transita por los ríos como leyenda: “Los cueros habitan los ríos. Se contorsionan con las corrientes, se escabullen con sus pelambreras entre grupos de niños y niñas, les atemorizan” (p. 14)
“Un cuero es un vacuno o carnero
que no calculó la profundidad de
un río enfrentado a una quebrada” (p. 15)
Como elemento final, quisiera destacar en la escritura la imagen de los ahogados, seres que hablan “el lenguaje del agua” y que dan cuenta de la memoria colectiva de Chile y su reciente dictadura, los ahogados se internan en el paisaje, son la posibilidad de este transitar por el pueblo, donde el entierro de algún habitante se transforma en símbolo del lenguaje de sus demografías y creencias.
Hurgar el pasado parafraseando a Eliana Ortega, es abordar la diferencia del pasado y alterar el presente, señalar los lugares en los que hemos estado, sus prácticas, producto de una urgencia primaria como por ejemplo al “Enfrentarse a la posibilidad de un entierro puede ser, entre algunas cosas, encontrarse con chanchitos voladores, algunos casi fucsias que las viejas llaman ilusiones o tesoro seguro” (p. 18).
En palabras de Ana Forcinito, es desde los bordes desde donde puede pensarse la memoria como residuo, más allá de lo racional del conocimiento, una sintaxis que transforma la historia y es ahí donde creo que se sitúa la escritura de Agua y Manto, en unas lianas que se tejen, se mecen.
“Manto el agua que contiene la herida.
Matico y cataplasma, la insistencia del
sonido, aparición y bosquejo de los
hualves. Dices memoria del agua como un
manto que inunda el sabor de los caldos.
Las secreciones y el temor a la sequía”. (p. 43)

Referencias
Bravo Montecinos, Cristina. (2010). Vaivén. Pillaje ediciones.
Bravo Montecinos, Cristina. (2021). Cieno. Traza Editora.
Bravo Montecinos, C. (2025). Agua y Manto. Editorial Hojas Rudas.
Forcinito, A. (1990) Memorias y Nomadías: géneros y cuerpos en los márgenes del posfeminismo. Editorial Cuarto Propio.
Ortega, Eliana. (1996). Lo que se hereda no se hurta. Editorial Cuarto Propio.




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